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Desde antaño, los francorrinconeses han buscado la forma de divertirse, desde las veladas literarias y las kermeses, hasta las fiestas profanas y religiosas. Las festividades inician con el calendario civil: el 20 de enero, por la fundación de la ciudad, fecha en que tiene lugar la tradicional quema de la bruja; entre marzo y abril, la Judea; en mayo, la fiesta de la Santa Cruz y de Santa Rita, en el tradicional barrio de su nombre; en junio, festividad a la Santísima Trinidad, a San Antonio, en el barrio de su nombre, y al apóstol San Pedro, en el de los Remedios; en julio, fiesta en la Colonia Lázaro Cárdenas y en barrio de Santiaguito; en septiembre se celebra a San Nicolás Tolentino e inicia la Feria Anual, que culmina después del 4 de octubre, festividad del santo patrón San Francisco de Asís, con la acostumbrada mojiganga; también es importante la festividad al arcángel San Miguel, en el barrio de este nombre, acaso el más antiguo de la ciudad; igualmente se conmemora el aniversario de la lucha por la Independencia Nacional. En octubre dan inicio las tradicionales Iluminaciones. En noviembre, desfile y fiesta popular y deportiva con motivo del inicio de la Revolución Mexicana; en diciembre, finalmente, festividad a la Purísima Concepción, a la Virgen de Guadalupe en el tradicional barrio de su nombre y las posadas.
Desde 1993 San Francisco cuenta con un amplio terreno ex profeso para la tradicional feria, que desde 1899 se estableció que fuera en el mes de diciembre. Son también tradicionales las “iluminaciones” que se celebran tanto en la ciudad como en la zona rural próxima a ella, y que duran de octubre a diciembre, y que consiste en la iluminación con farolitos de la calle correspondiente según el programa, en la que se celebran actos religiosos y lo tradicional en los festejos populares: vendimias, juegos mecánicos, fuegos pirotécnicos, etc. Los vecinos de esa calle invitan a familiares y amistades a degustar los tradicionales tamales, los tacos de aire o los pambazos y ponche de frutas de la estación.
Las brujas de San Francisco del Rincón
El relato y la leyenda comenzaron a urdirse y confundirse a partir del 31 de diciembre de 1845, cuando tomó posesión de la alcaldía francorrinconesa don José Atanasio Guerrero, un buen agricultor, oriundo y propietario de la vecina hacienda de La Sarteneja. La primera medida del eficiente y experimentado don Atanasio, que era alcalde por segunda ocasión, fue convocar de urgencia a los jueces auxiliares de toda la comprensión de San Francisco.
A través de ellos se hizo llegar a la jurisdicción francorrinconesa la orden de que el domingo siguiente, 4 de enero de 1846, los vecinos debían acudir a comerciar a la plaza de San Francisco y no a Purísima, como tenían que hacerlo hasta ese momento. Como parte de los preparativos, el sábado previo se mandó quemar la abundantísima hierba que crecía en el jardín donde se iba a llevar a cabo el mercado.
La leyenda dice que se hizo correr la noticia de que ese primer domingo del nuevo año iban a ser exhibidas y quemadas en leña verde dos mujeres del Barrio de la Cebolleta, que habían sido sorprendidas en plena acción de hechicería. Durante su recorrido habitual por el rumbo poniente de San Francisco, un guardia se había acercado sigilosamente a la casa de una ex amasia suya y se había asomado a mirar a través de la cerradura de la puerta. Su sorpresa había sido terrible al comprobar que allí dos mueres, Antonia Lomeña y Jacinta Parra, llevaban a cabo una ceremonia de brujería que, además de todo, lo incluía.
Mientras su ex amasia repetía su nombre junto con algunas imprecaciones, la otra, acompañada de un gato y rodeada de cabos de velas encendidos, hacía señales cabalísticas. Al guardia no le cupo duda: él iba a ser el hechizado. Asustado, corrió a avisar al alcalde, don José Atanasio Guerrero, quien inmediatamente las mandó aprehender.
La historia del frustrado hechizo y la eficaz captura, cada vez mejor aderezada por el chisme, junto con la noticia de lo que iba a suceder con las brujas, cundieron como la humedad por toda esa pequeña sociedad rural, ávida de acontecimientos. Así, no es de extrañar que el día de mercado resultara efectivamente muy concurrido: gente de diversos rumbos del Rincón acudió a San Francisco para presenciar la quema de las brujas. De paso, ya ahí, había aprovechado para asistir a misa y hacer su mandado en los variados y surtidos puestos instalados en el jardín.
Transcurrido el día, sin darse mayores razones, pero sin negar el hecho, se supo que la quema había sido pospuesta para el domingo siguiente. Los vestigios de hierba quemada que muchos vieron en el jardín dieron mayor verosimilitud al relato, de modo que la nueva semana ayudó a difundir aún más la noticia y a aumentar la curiosidad. Tanto que, al domingo siguiente, hasta los pobladores de Purísima y su jurisdicción se habían sumado a las filas de visitantes de la plaza y consumidores del mercado de San Francisco. Pero tampoco hubo quema, que otra vez fue pospuesta, sin que nadie supiera por quién, para la semana siguiente.
Finalmente, al tercer domingo después del anuncio, cuando un verdadero tumulto recorría y compraba en el mercado de San Francisco, se llevó a cabo, si no la cremación, por lo menos la exhibición y desfile de ambas brujas, muy bien ataviadas con los más obvios y ostentosos implementos de su supuesto oficio: “...sirviendo de cabalgadura a una, un asno de mal aspecto que tiraba la otra del ronsal, y ambas portando las insignias de su supuesta magia, cuales fueron: el gato coreográfico, algunos muñecos, unos rosarios de cabos de velas al cuello y otros a manera de penachos de plumas de pavo común en la cabeza”, pero no fueron quemadas.
La tradicional quema de la bruja se realiza por la noche del día 20 de enero, aniversario de la fundación de la ciudad. Esta hecho nada tiene que ver con la fundación de la ciudad en sí; desde hace muchos años hubo un acuerdo tácito de fijar esa fecha, el 20 de enero, para realizar la quema, como pudo haberse escogido cualquiera otra.
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